Hace una década (¡cómo pasa el tiempo!) escribí esta entrada: https://ve-tu-quecosas.blogspot.com/2014/10/hasta-aqui-llega-la-fiesta.html, en la que hablaba de ese tema tan controversial: la inmortalidad. Desde entonces, mucha agua ha corrido bajo el puente y es mucho lo que se ha ido descubriendo al respecto. Hoy, en este vídeo de Jordi Wild (The Wild Project #304 - JL Cordeiro | Inmortalidad científicamente posible, Criogenización, Cyborgs) podemos ver lo mucho que hemos avanzado y lo mucho que nos falta por lograr en esta lucha desigual contra el monstruo más poderoso que jamás haya enfrentado la humanidad:
¡Ve tú! ¡qué cosas!
sábado, 14 de diciembre de 2024
lunes, 29 de octubre de 2018
El Dragón Tirano de Nick Bostrom
Conocí esta historia a través del canal en YouTube de CGPGrey. Es tan conmovedora y espectacular, que no es necesario explicarla mucho. El maravilloso video que la resume está en este enlace, pero si el inglés te da algunas dificultades o eres de los que usa mucho la frase "el libro me gustó más que la película", acá la tienes en una versión más completa ¡y totalmente en Español!:
Era el turno de un sabio espiritual que gozaba del más amplio respeto, tanto por su bondad y gentileza como por su devoción. Cuando se dirigía al estrado, un niño de entre el público gritó: “¡El dragón es malo!”
Los padres del niño, rojos de vergüenza, comenzaron a acallarlo y reñirlo. Pero el sabio dijo: “Dejad que el niño hable. Es probable que sea más sabio que un viejo tonto como yo.”
Al comienzo el niño estaba demasiado asustado y confundido para moverse siquiera. Pero al ver la sonrisa genuinamente amistosa en el rostro del sabio y su mano extendida, la asió obediente y siguió al sabio hasta el estrado. “Aquí tenemos a un valiente jovencito,” dijo el sabio. “¿Tienes miedo del dragón?”
“Quiero a mi abuelita,” dijo el niño.
“¿El dragón se llevó a tu abuelita?”
“Sí,” respondió el niño mientras las lágrimas se asomaban a sus ojos grandes y asustados. “La abuelita me prometió que me enseñaría a hacer galletas de jengibre para la navidad. Me dijo que haríamos una casita de jengibre y hombrecillos de jengibre que vivirían en ella. Entonces vino esa gente de blanco y se la llevaron al dragón… El dragón es malo y se come a la gente… ¡Quiero a mi abuelita!”
El niño lloraba ahora con tal desconsuelo que el sabio se vio obligado a entregarlo a sus padres.
Muchos otros hablaron esa noche, pero el simple testimonio del niño había pinchado el balón de retórica que los ministros del rey habían intentado inflar. El público apoyaba a los antidragonistas, y al finalizar la audiencia hasta el mismo rey había reconocido la justicia y humanidad de su causa. En sus palabras finales, dijo simplemente: “¡Hagámoslo!”
Cuando la noticia se esparció, las celebraciones estallaron en las calles. Los que habían promovido la causa antidragonista brindaron y bebieron por el futuro de la humanidad.
A la mañana siguiente, mil millones de personas despertaron y se dieron cuenta de que su turno llegaría antes de que el proyectil estuviese listo. Fue el punto de quiebre. Mientras que antes sólo un reducido grupo de visionarios apoyaba activamente la causa antidragonista, ahora se había convertido en la primera prioridad y preocupación de todos. El concepto abstracto de “voluntad colectiva” había adquirido una intensidad y una nitidez casi tangibles. Mediante concentraciones masivas se reunía dinero para el proyecto y se intimaba al rey a aumentar el monto de la financiación estatal. El rey respondió a estos llamados. En su discurso de Año Nuevo, anunció que aprobaría nuevos decretos para incrementar los fondos destinados al proyecto; además, vendería su castillo de veraneo y parte de sus tierras para aportar un considerable donativo personal. “Pienso que esta nación debe comprometerse a alcanzar, antes del fin de esta década, el objetivo de liberar al mundo del flagelo inmemorial del dragón tirano.”
Carrera contra el tiempo
Comenzó así una gran carrera tecnológica contra el tiempo. El concepto de un proyectil antidragón era simple, pero convertirlo en realidad exigía resolver una miríada de problemas técnicos menores, cada uno de los cuales exigía a su vez gastar tiempo en docenas de pasos, algunos de ellos en falso. Se dispararon misiles de prueba que se estrellaban contra el suelo o volaban erráticamente. Un accidente trágico se produjo cuando un misil fuera de control fue a dar contra un hospital, matando a varios pacientes y empleados. Pero el rumbo estaba trazado, y las pruebas continuaron incluso cuando aún se rescataban cuerpos de entre los escombros.
A pesar de contar con financiación casi ilimitada y del trabajo incesante de los técnicos, el plazo establecido por el rey no se pudo cumplir. La década llegó a su fin y el dragón seguía vivo y coleando. Pero los esfuerzos se acercaban a la meta. Un prototipo de misil había sido lanzado exitosamente. La producción del núcleo, fabricado con el costoso material compuesto, concluiría a tiempo para instalarlo en la versión corregida y mejorada del misil. Se programó el lanzamiento para la víspera de Año Nuevo del año siguiente, exactamente al cumplirse doce años de la inauguración oficial del proyecto. Ese año, el regalo de Navidad más vendido fue un calendario que contaba los días faltantes para el Magno Evento, y las ganacias obtenidas se destinaron al proyecto misil.
El rey había sufrido un proceso de transformación personal, y no era ya el que solía ser, frívolo y despreocupado. Ahora pasaba tanto tiempo como le era posible en los laboratorios y en las plantas de producción, estimulando a los trabajadores y alabando su esfuerzo. A veces llevaba un saco de dormir y pasaba la noche en el suelo de un ruidoso taller. Incluso estudiaba e intentaba comprender los aspectos técnicos del trabajo, pero siempre limitándose a entregar apoyo moral y evitando inmiscuirse en asuntos técnicos o administrativos.
Siete días antes del Año Nuevo, la mujer que casi doce años antes había presentado el caso en favor del proyecto, y era ahora su principal ejecutiva, llegó al castillo real y solicitó una audiencia urgente con el rey. Cuando el rey recibió su nota, se excusó con los dignatarios extranjeros que de mala gana había invitado a la cena de Navidad anual, y se dirigió a toda prisa al despacho privado donde lo esperaba la científica. Como era ya habitual, estaba pálida y consumida por las largas horas de trabajo. Esa noche, sin embargo, el rey creyó percibir también un atisbo de alivio y satisfacción en sus ojos.
Dijo ella que el misil estaba preparado, el núcleo instalado, que todo había sido revisado tres veces, que estaban listos para el lanzamiento, y le preguntó al rey si contaban con su venia para proceder. El rey se hundió en el sillón y cerró los ojos, enfrascándose en sus pensamientos. Lanzar el misil esa misma noche, con una semana de anticipación, significaba salvar las vidas de setecientas mil personas. Pero si algo salía mal, si erraban el blanco y el misil se estrellaba contra la montaña, sería un desastre. Habría que comenzar nuevamente a construir un núcleo, y el proyecto se atrasaría unos cuatro años. Se quedó allí sentado, en silencio, durante casi una hora. Finalmente, cuando ya la científica creía que se había quedado dormido, abrió los ojos y dijo con voz firme: “No. Regrese usted al laboratorio. Quiero que revise y vuelva a revisar todo de nuevo.” La científica no pudo contener un suspiro; pero asintió y se marchó.
El último plazo
El último día del año estaba frío y nublado, pero el viento estaba en calma, ofreciendo buenas condiciones para el lanzamiento. El sol se estaba poniendo. Los técnicos pululaban por doquier, haciendo los ajustes finales y revisándolo todo por última vez. El rey y sus más cercanos consejeros observaban desde un tablado cercano a la plataforma de lanzamiento. Más allá, tras una reja, una gran cantidad de público se había reunido para observar el magno evento. Un gran reloj mostraba el tiempo restante: faltaban cincuenta minutos.
Un consejero le dio al rey un golpecito en el hombro para llamar su atención y le señaló la reja. Algo estaba ocurriendo. Al parecer, alguien había saltado la reja y corría hacia el tablado donde se hallaba sentado el rey. Los guardias pronto le dieron alcance, lo esposaron y se lo llevaron preso. El rey volvió a dirigir su atención a la plataforma de lanzamiento y a la montaña en la distancia. Frente a la montaña podía distinguir la silueta oscura del dragón, tumbado sobre un costado, comiendo.
Unos veinte minutos después, el rey se sorprendió al ver al hombre esposado aparecer nuevamente a corta distancia del tablado. Le sangraba la nariz, y lo acompañaban dos guardias. El hombre parecía enloquecido. Cuando divisó al rey, comenzó a gritar a voz en cuello: “¡El último tren! ¡El último tren! ¡Detened el último tren!”
“¿Quién es este joven?” preguntó el rey. “Su rostro me es familiar, pero no logro identificarlo. ¿Qué es lo que quiere? Permítanle que se acerque.”
El joven era un empleado subalterno del ministerio de transportes, y la razón de su frenesí era que se había enterado de que su padre iba en el útimo tren a la montaña. El rey había ordenado que el tráfico de trenes continuara normalmente, temiendo que cualquier alteración pudiera hacer que el dragón abandonara el campo abierto frente a la montaña donde pasaba la mayor parte del tiempo. El joven imploró al rey que emitiese una orden de regreso para el último tren, que debía llegar al terminal de la montaña cinco minutos antes de la hora señalada.
“No puedo hacerlo,” dijo el rey. “No puedo correr ese riesgo.”
“Pero los trenes a menudo se atrasan cinco minutos. El dragón no se dará cuenta. ¡Os lo suplico!”
El joven se hallaba arrodillado ante el rey, implorándole que salvara la vida de su padre y de los otros mil pasajeros a bordo del último tren.
El rey dirigió su mirada hacia abajo, y vio el rostro suplicante y ensangrentado del joven. Pero se mordió los labios y sacudió la cabeza. El joven continuó suplicando cuando los guardias se lo llevaron del tablado: “¡Os lo ruego! ¡Detened el último tren! ¡Os lo suplico!”
El rey se quedó callado e inmóvil hasta que, al cabo de un rato, los gritos cesaron. El rey miró hacia arriba y dio un vistazo al reloj de la cuenta regresiva: quedaban cinco minutos.
Cuatro minutos. Tres minutos. Dos minutos.
El útimo de los técnicos abandonó la plataforma. Treinta segundos. Veinte segundos. Diez, nueve, ocho…
EL DRAGÓN TIRANO (Por: Nick Bostrom)
"Había una vez un dragón gigantesco que tiranizaba el planeta. El dragón era más grande que la más grande de las catedrales, y estaba cubierto de gruesas escamas negras. Sus ojos brillaban con la luz bermeja del odio, y de sus terribles fauces brotaba un flujo incesante de baba verdosa y fétida. El dragón exigía a la humanidad un tributo espeluznante: para satisfacer su apetito desmedido, cada día al ponerse el sol diez mil hombres y mujeres debían ser entregados al pie de la montaña donde vivía. A veces el dragón devoraba a estos pobrecillos en cuanto llegaban; a veces los encerraba en la montaña, donde languidecían durante meses o años antes de ser finalmente devorados.

El sufrimiento causado por el dragón tirano era incalculable. Además de los diez mil que diariamente sufrían una muerte horrenda, estaban sus madres, sus padres, sus esposas, sus maridos, sus hijos y sus amigos, que seguían viviendo sólo para llorar la pérdida de sus seres queridos.
Algunos intentaron combatir al dragón, pero si fueron valientes o necios no es fácil de decir. Sacerdotes y magos lanzaron infructuosos anatemas. Guerreros lo atacaron, armados con rugiente coraje y las mejores armas que los herreros pudieran forjar, pero acabaron incinerados por su fuego antes de que pudieran acercársele. Químicos destilaron infusiones tóxicas, y valiéndose de ardides lograron que el dragón las bebiese, pero el único efecto aparente fue estimular aún más su apetito. Las garras, las fauces y el fuego del dragón eran tan efectivos, su escamosa armadura tan impenetrable, y su ser todo tan robusto, que lo hacían invencible ante cualquier ataque humano.
Al ver que derrotar al tirano era imposible, los humanos no tenían otra opción que obedecer sus órdenes y pagar el pavoroso tributo. Los elegidos para morir eran siempre ancianos. Aunque las personas mayores fuesen tan robustas y vigorosas como las más jóvenes, y a veces más sabias, se pensaba que por lo menos habían gozado de unas cuantas décadas de vida. Los más adinerados podían granjearse una breve prórroga sobornando a las patrullas de reclutamiento que venían en su busca; pero por decreto constitucional nadie, ni aún el mismo rey, podía postergar indefinidamente su turno.
Los hombres espirituales intentaban consolar a aquellos que sentían miedo de ser devorados (prácticamente todos, aunque algunos lo negasen públicamente) prometiendo una nueva vida tras la muerte, una vida que estaría libre del azote del dragón. Otros oradores argumentaban que el dragón tenía un lugar en el orden natural de las cosas, y el derecho moral a alimentarse. Decían que era parte del sentido mismo de ser humano el acabar en la panza del dragón. Otros más sostenían que el dragón era bueno para la especie humana, pues limitaba el crecimiento de la población. No se sabe en qué medida los apesadumbrados hombres se dejaban convencer por estos argumentos. La mayoría intentaba conformarse, no pensando en el triste fin que los esperaba.
Adaptación a la fatalidad
Esta desesperada situación duró muchos siglos. Ya nadie llevaba la cuenta de los muertos acumulados, ni de las lágrimas vertidas por sus deudos. Las expectativas habían ido ajustándose paulatinamente, y el dragón tirano había llegado a convertirse en una de las cosas de la vida. En vista de la evidente futilidad de cualquier resistencia, los intentos de matar al dragón habían cesado. Los esfuerzos se concentraban ahora en aplacarlo. Si bien el dragón ocasionalmente incursionaba en las ciudades, se comprobó que al entregarle puntualmente en la montaña su cuota de vidas, se reducía la frecuencia de estas correrías.
Sabiéndose bajo la permanente amenaza de convertirse en pasto para la fiera, la gente comenzó a tener hijos más tempranamente y más seguido. Era común que una chica, al cumplir dieciséis años, hubiese ya concebido. Las parejas engendraban a menudo hasta una docena de hijos. De esta forma se evitaba que la población humana menguase, y que el dragón estuviese hambriento.
A lo largo de estos siglos el dragón, bien alimentado, creció y creció, lentamente pero sin pausa. Había alcanzado ya casi el tamaño de la montaña que lo cobijaba. Y su apetito había aumentado en proporción. Diez mil cuerpos humanos no bastaban ya para llenar su panza. Ahora exigía ochenta mil, que debían ser entregados al pie de la montaña cada tarde al ponerse el sol.
Lo que mantenía ocupada la mente del rey, más que las muertes o el dragón mismo, era la logística de reunir y transportar tanta gente a la montaña cada día. No era tarea fácil.
Para facilitar el proceso, el rey hizo construir una vía férrea: dos cintas rectas de reluciente acero que conducían a la guarida del dragón. Cada veinte minutos, un tren llegaba al terminal de la montaña abarrotado de gente, y regresaba vacío. En las noches de luna los pasajeros del tren, si éste hubiese tenido ventanillas por donde asomarse, habrían podido ver frente a ellos la doble silueta del dragón y de la montaña, y un par de ojos carmesí como los rayos de dos gigantescos faros que indicasen el camino a la aniquilación.
El rey empleaba un gran número de sirvientes para administrar el tributo. Había secretarios de registro que llevaban la cuenta de quiénes correspondía enviar. Había recolectores de gente que eran enviados en carros especiales a recoger a los designados. Viajando a menudo con pasmosa velocidad, se precipitaban con su carga a una estación del ferrocarril o directamente a la montaña. Había funcionarios que administraban las pensiones para las familias diezmadas e incapaces ya de mantenerse. Había calmadores que viajaban con los condenados camino a la montaña, intentando aliviar su angustia con licores y drogas.
Había, además, un equipo de expertos dragonólogos que estudiaban formas de hacer más eficientes estos procedimientos logísticos. Algunos dragonólogos también llevaban a cabo estudios sobre la fisiología y el comportamiento del dragón, y recogían muestras – escamas caídas, baba que rebasaba sus fauces, dientes perdidos, excrementos moteados con fragmentos de huesos humanos. Todo ello se anotaba y archivaba escrupulosamente.
Mientras más se sabía acerca de la bestia, más se confirmaba la percepción generalizada de su invulnerabilidad. Sus negras escamas, en particular, eran más duras que cualquier otro material conocido por los hombres, y parecía no haber modo de hacer siquiera un rasguño en su armadura.
Para financiar todas estas actividades, el rey cobraba elevados tributos a su pueblo. El gasto asociado al dragón, que ya constituía un séptimo de la economía, crecía con mayor rapidez que el dragón mismo.
El sufrimiento causado por el dragón tirano era incalculable. Además de los diez mil que diariamente sufrían una muerte horrenda, estaban sus madres, sus padres, sus esposas, sus maridos, sus hijos y sus amigos, que seguían viviendo sólo para llorar la pérdida de sus seres queridos.
Algunos intentaron combatir al dragón, pero si fueron valientes o necios no es fácil de decir. Sacerdotes y magos lanzaron infructuosos anatemas. Guerreros lo atacaron, armados con rugiente coraje y las mejores armas que los herreros pudieran forjar, pero acabaron incinerados por su fuego antes de que pudieran acercársele. Químicos destilaron infusiones tóxicas, y valiéndose de ardides lograron que el dragón las bebiese, pero el único efecto aparente fue estimular aún más su apetito. Las garras, las fauces y el fuego del dragón eran tan efectivos, su escamosa armadura tan impenetrable, y su ser todo tan robusto, que lo hacían invencible ante cualquier ataque humano.
Al ver que derrotar al tirano era imposible, los humanos no tenían otra opción que obedecer sus órdenes y pagar el pavoroso tributo. Los elegidos para morir eran siempre ancianos. Aunque las personas mayores fuesen tan robustas y vigorosas como las más jóvenes, y a veces más sabias, se pensaba que por lo menos habían gozado de unas cuantas décadas de vida. Los más adinerados podían granjearse una breve prórroga sobornando a las patrullas de reclutamiento que venían en su busca; pero por decreto constitucional nadie, ni aún el mismo rey, podía postergar indefinidamente su turno.
Los hombres espirituales intentaban consolar a aquellos que sentían miedo de ser devorados (prácticamente todos, aunque algunos lo negasen públicamente) prometiendo una nueva vida tras la muerte, una vida que estaría libre del azote del dragón. Otros oradores argumentaban que el dragón tenía un lugar en el orden natural de las cosas, y el derecho moral a alimentarse. Decían que era parte del sentido mismo de ser humano el acabar en la panza del dragón. Otros más sostenían que el dragón era bueno para la especie humana, pues limitaba el crecimiento de la población. No se sabe en qué medida los apesadumbrados hombres se dejaban convencer por estos argumentos. La mayoría intentaba conformarse, no pensando en el triste fin que los esperaba.
Adaptación a la fatalidad
Esta desesperada situación duró muchos siglos. Ya nadie llevaba la cuenta de los muertos acumulados, ni de las lágrimas vertidas por sus deudos. Las expectativas habían ido ajustándose paulatinamente, y el dragón tirano había llegado a convertirse en una de las cosas de la vida. En vista de la evidente futilidad de cualquier resistencia, los intentos de matar al dragón habían cesado. Los esfuerzos se concentraban ahora en aplacarlo. Si bien el dragón ocasionalmente incursionaba en las ciudades, se comprobó que al entregarle puntualmente en la montaña su cuota de vidas, se reducía la frecuencia de estas correrías.
Sabiéndose bajo la permanente amenaza de convertirse en pasto para la fiera, la gente comenzó a tener hijos más tempranamente y más seguido. Era común que una chica, al cumplir dieciséis años, hubiese ya concebido. Las parejas engendraban a menudo hasta una docena de hijos. De esta forma se evitaba que la población humana menguase, y que el dragón estuviese hambriento.
A lo largo de estos siglos el dragón, bien alimentado, creció y creció, lentamente pero sin pausa. Había alcanzado ya casi el tamaño de la montaña que lo cobijaba. Y su apetito había aumentado en proporción. Diez mil cuerpos humanos no bastaban ya para llenar su panza. Ahora exigía ochenta mil, que debían ser entregados al pie de la montaña cada tarde al ponerse el sol.
Lo que mantenía ocupada la mente del rey, más que las muertes o el dragón mismo, era la logística de reunir y transportar tanta gente a la montaña cada día. No era tarea fácil.
Para facilitar el proceso, el rey hizo construir una vía férrea: dos cintas rectas de reluciente acero que conducían a la guarida del dragón. Cada veinte minutos, un tren llegaba al terminal de la montaña abarrotado de gente, y regresaba vacío. En las noches de luna los pasajeros del tren, si éste hubiese tenido ventanillas por donde asomarse, habrían podido ver frente a ellos la doble silueta del dragón y de la montaña, y un par de ojos carmesí como los rayos de dos gigantescos faros que indicasen el camino a la aniquilación.
El rey empleaba un gran número de sirvientes para administrar el tributo. Había secretarios de registro que llevaban la cuenta de quiénes correspondía enviar. Había recolectores de gente que eran enviados en carros especiales a recoger a los designados. Viajando a menudo con pasmosa velocidad, se precipitaban con su carga a una estación del ferrocarril o directamente a la montaña. Había funcionarios que administraban las pensiones para las familias diezmadas e incapaces ya de mantenerse. Había calmadores que viajaban con los condenados camino a la montaña, intentando aliviar su angustia con licores y drogas.
Había, además, un equipo de expertos dragonólogos que estudiaban formas de hacer más eficientes estos procedimientos logísticos. Algunos dragonólogos también llevaban a cabo estudios sobre la fisiología y el comportamiento del dragón, y recogían muestras – escamas caídas, baba que rebasaba sus fauces, dientes perdidos, excrementos moteados con fragmentos de huesos humanos. Todo ello se anotaba y archivaba escrupulosamente.
Mientras más se sabía acerca de la bestia, más se confirmaba la percepción generalizada de su invulnerabilidad. Sus negras escamas, en particular, eran más duras que cualquier otro material conocido por los hombres, y parecía no haber modo de hacer siquiera un rasguño en su armadura.
Para financiar todas estas actividades, el rey cobraba elevados tributos a su pueblo. El gasto asociado al dragón, que ya constituía un séptimo de la economía, crecía con mayor rapidez que el dragón mismo.
Una especie curiosa
La humanidad es una especie curiosa. De vez en cuando alguien tiene una buena idea. Otros copian la idea, añadiéndole sus propias mejoras. Con el tiempo, se desarrollan muchos sistemas y herramientas sorprendentes. Algunos de estos dispositivos – calculadoras, termómetros, microscopios y los frascos de vidrio que usan los químicos para hervir y destilar líquidos – sirven para facilitar la generación y el ensayo de nuevas ideas, incluyendo ideas que hacen más expedito el proceso mismo de generar ideas.
De esta forma la gran rueda de la invención, que giraba casi imperceptiblemente en las eras remotas, comenzó paulatinamente a acelerar.
Los sabios predijeron que llegaría un día en que la tecnología permitiría a los humanos volar y hacer muchas otras cosas asombrosas. Uno de los sabios, que gozaba de gran prestigio entre los demás sabios, pero cuyos modales excéntricos lo habían convertido en un marginado social y en un ermitaño, llegó incluso a predecir que la tecnología haría posible algún día construir un artefacto que pudiese matar al dragón tirano.
Los académicos del rey, sin embargo, desecharon tales ideas. Dijeron que los humanos eran demasiado pesados para volar, y que en todo caso carecían de plumas. Y en cuanto a la imposible noción de que algún día se pudiese matar al dragón, los libros de historia referían cientos de intentos, ninguno de los cuales había tenido éxito. “Todos sabemos que este hombre tenía algunas ideas irresponsables”, un académico de las letras escribió más tarde en el obituario para el sabio misántropo, que para entonces ya había sido enviado a ser devorado por la misma bestia cuyo fin había predicho, “pero sus escritos eran bastante entretenidos, y tal vez deberíamos agradecer al dragón por hacer posible el interesante género de la literatura anti-dragón, que tanto nos revela sobre la cultura de la angustia existencial”.
Mientras tanto, la rueda de la invención seguía girando. Muchas décadas después, los humanos efectivamente volaron y lograron muchas otras cosas asombrosas.
Sentido de las proporciones
Unos cuantos dragonólogos iconoclastas comenzaron a argumentar en favor de un nuevo ataque contra el dragón tirano. Matar al dragón no sería fácil, decían, pero si se pudiese inventar un material más duro que la armadura del dragón, y si con semejante material se pudiese fabricar una especie de proyectil, entonces tal vez la hazaña sería posible. Al comienzo las ideas de los dragonólogos iconoclastas fueron rechazadas por sus pares sobre la base de que no existía material más duro que las escamas del dragón. Pero tras dedicar años de trabajo al problema, uno de los iconoclastas logró demostrar que una escama de dragón podía ser perforada por un objeto elaborado con cierto material compuesto. Muchos dragonólogos que antes se habían mostrado escépticos se unieron ahora a los iconoclastas. Los ingenieros calcularon que con ese material podría fabricarse un enorme proyectil, y se podría lanzar con fuerza suficiente para penetrar la armadura del dragón. Sin embargo, producir las cantidades necesarias de ese material compuesto sería muy costoso.
Un grupo de varios ingenieros y dragonólogos eminentes envió una petición al rey solicitando fondos para construir el proyectil anti-dragón. En el momento en que fue enviada la petición, el rey estaba ocupado conduciendo a su ejército a luchar contra un tigre. El tigre había matado a un granjero, para luego desaparecer en la jungla. Por los campos cundió el temor de que el tigre pudiese salir y atacar nuevamente. El rey hizo rodear la jungla y ordenó a sus tropas que se abrieran paso a través del follaje. Al término de la campaña, el rey anunció que los 163 tigres de la jungla, incluyendo supuestamente al tigre asesino, habían sido cazados. Con el alboroto de la guerra, sin embargo, la petición se había extraviado o había sido olvidada.
Los solicitantes enviaron entonces una nueva petición. Esta vez recibieron respuesta de uno de los secretarios reales, diciendo que el rey consideraría su solicitud una vez que finalizara la revisión del presupuesto anual para la administración del dragón. El presupuesto de ese año era el mayor hasta esa fecha, e incluía la financiación de una nueva vía férrea hasta la montaña. Se consideraba necesario contar con una nueva vía férrea, pues con el aumento del tráfico la vía existente ya no daba abasto (el tributo exigido por el dragón tirano había aumentado a cien mil seres humanos, que debían ser entregados al pie de la montaña al caer la tarde). Sin embargo, cuando el presupuesto fue finalmente aprobado, llegaron noticias de una plaga de serpientes que infestaban una remota aldea. El rey tuvo que partir con urgencia para movilizar su ejército y cabalgar al encuentro de esta nueva amenaza. La petición de los antidragonistas quedó archivada en algún estante polvoriento del sótano del castillo.
Los antidragonistas se reunieron nuevamente para decidir qué hacer. El debate fue animado, y se prolongó hasta bien entrada la noche. Era casi el amanecer cuando finalmente resolvieron llevar el asunto ante el pueblo. Durante las semanas siguientes viajaron por todo el país, dieron conferencias públicas, y explicaron su propuesta a todo aquel que quisiera escuchar. Al comienzo las personas se mostraban escépticas. Les habían enseñado en la escuela que el dragón tirano era invencible, y que los sacrificios que exigía debían ser aceptados como parte de la vida. Pero cuando se enteraron del nuevo material compuesto y de los diseños del proyectil, los ciudadanos se precipitaron en masa a las conferencias antidragonistas. Algunos activistas comenzaron a organizar manifestaciones públicas para apoyar la propuesta.
Resistencias al cambio
Cuando el rey, a través de los periódicos, se informó de estas reuniones, convocó a sus consejeros y les pidió su opinión al respecto. Le informaron acerca de las peticiones enviadas, pero le dijeron que los antidragonistas eran unos revoltosos cuyas enseñanzas instigaban a la sublevación. Era mucho mejor para el orden público, decían, que la gente aceptase la inevitabilidad del tributo al dragón tirano. La administración del dragón era fuente de muchos empleos, que se perderían si el dragón era ultimado. No cabía esperar beneficio social alguno de la conquista del dragón. Como fuere, las arcas reales estaban casi vacías tras dos años de campañas militares, y por los fondos destinados a la segunda vía férrea. El rey, que en ese momento gozaba de gran popularidad por haber domeñado la plaga de serpientes, escuchó los argumentos de sus consejeros, pero le preocupaba perder parte del apoyo popular si ignoraba ostensiblemente la petición de los antidragonistas. Decidió entonces convocar a una audiencia pública. Destacados dragonólogos, ministros de Estado y miembros del público interesados, fueron invitados a participar.
La audiencia se llevó a cabo el día más oscuro del año, justo antes de las vacaciones de Navidad, en el salón más grande del castillo real. El salón rebosaba de público, y la gente se apretujaba en los pasillos. Había en el aire un hálito de solemne seriedad normalmente reservada para las cruciales sesiones de tiempos de guerra.
Tras dar a todos la bienvenida, el rey dio la palabra al principal científico del bando antidragonista, una mujer cuyo rostro reflejaba una expresión seria, casi severa. La mujer procedió a explicar en un lenguaje sencillo cómo funcionaría el dispositivo propuesto, y cómo se podría fabricar la cantidad necesaria de material compuesto. Si se contaba con los fondos solicitados, la labor podría llevarse a cabo en unos quince o veinte años. Con fondos mayores podría hacerse quizás en tan sólo doce años. El éxito, sin embargo, no estaba garantizado. Los asistentes seguían con atención sus palabras.
El siguiente en hablar fue el real consejero para la moralidad, un hombre cuya voz resonante llenaba sin esfuerzo el recinto: “Supongamos que esta mujer está en lo correcto por lo que respecta a la ciencia, y que el proyecto es tecnológicamente factible, aunque no me parece que esto haya sido demostrado. Ahora ella quiere que nos deshagamos del dragón. Supuestamente, se considera con el derecho de no ser engullida por el dragón. ¡Vaya testarudez! ¡Vaya petulancia! La finitud de la vida humana es una bendición para todo ser, lo sepa o no. Eliminar al dragón, a primera vista tan conveniente, socavaría nuestra dignidad humana. La dedicación a la empresa de matar al dragón nos apartaría del camino que nos lleva a cumplir las aspiraciones que constituyen la finalidad natural de nuestras vidas, que no es mantenernos vivos, sino vivir en plenitud. Es indigno – sí, indigno – que alguien desee prolongar tanto como le sea posible su vida mediocre, sin ocuparse de la pregunta superior, que es cómo debemos usar la vida. Por eso os digo que es la naturaleza del dragón el devorar seres humanos, y la naturaleza propia de nuestra especie se cumple cabal y noblemente cuando somos devorados…”
El público escuchó respetuosamente al condecorado orador. Tan elocuente fue su discurso que resultaba difícil resistir la sensación de que tras él se celaban profundos pensamientos, aunque nadie pudiese discernir con precisión cuáles eran. Ciertamente, las palabras de tan distinguido asesor del rey debían contener una substancia profunda.
La humanidad es una especie curiosa. De vez en cuando alguien tiene una buena idea. Otros copian la idea, añadiéndole sus propias mejoras. Con el tiempo, se desarrollan muchos sistemas y herramientas sorprendentes. Algunos de estos dispositivos – calculadoras, termómetros, microscopios y los frascos de vidrio que usan los químicos para hervir y destilar líquidos – sirven para facilitar la generación y el ensayo de nuevas ideas, incluyendo ideas que hacen más expedito el proceso mismo de generar ideas.
De esta forma la gran rueda de la invención, que giraba casi imperceptiblemente en las eras remotas, comenzó paulatinamente a acelerar.
Los sabios predijeron que llegaría un día en que la tecnología permitiría a los humanos volar y hacer muchas otras cosas asombrosas. Uno de los sabios, que gozaba de gran prestigio entre los demás sabios, pero cuyos modales excéntricos lo habían convertido en un marginado social y en un ermitaño, llegó incluso a predecir que la tecnología haría posible algún día construir un artefacto que pudiese matar al dragón tirano.
Los académicos del rey, sin embargo, desecharon tales ideas. Dijeron que los humanos eran demasiado pesados para volar, y que en todo caso carecían de plumas. Y en cuanto a la imposible noción de que algún día se pudiese matar al dragón, los libros de historia referían cientos de intentos, ninguno de los cuales había tenido éxito. “Todos sabemos que este hombre tenía algunas ideas irresponsables”, un académico de las letras escribió más tarde en el obituario para el sabio misántropo, que para entonces ya había sido enviado a ser devorado por la misma bestia cuyo fin había predicho, “pero sus escritos eran bastante entretenidos, y tal vez deberíamos agradecer al dragón por hacer posible el interesante género de la literatura anti-dragón, que tanto nos revela sobre la cultura de la angustia existencial”.
Mientras tanto, la rueda de la invención seguía girando. Muchas décadas después, los humanos efectivamente volaron y lograron muchas otras cosas asombrosas.
Sentido de las proporciones
Unos cuantos dragonólogos iconoclastas comenzaron a argumentar en favor de un nuevo ataque contra el dragón tirano. Matar al dragón no sería fácil, decían, pero si se pudiese inventar un material más duro que la armadura del dragón, y si con semejante material se pudiese fabricar una especie de proyectil, entonces tal vez la hazaña sería posible. Al comienzo las ideas de los dragonólogos iconoclastas fueron rechazadas por sus pares sobre la base de que no existía material más duro que las escamas del dragón. Pero tras dedicar años de trabajo al problema, uno de los iconoclastas logró demostrar que una escama de dragón podía ser perforada por un objeto elaborado con cierto material compuesto. Muchos dragonólogos que antes se habían mostrado escépticos se unieron ahora a los iconoclastas. Los ingenieros calcularon que con ese material podría fabricarse un enorme proyectil, y se podría lanzar con fuerza suficiente para penetrar la armadura del dragón. Sin embargo, producir las cantidades necesarias de ese material compuesto sería muy costoso.
Un grupo de varios ingenieros y dragonólogos eminentes envió una petición al rey solicitando fondos para construir el proyectil anti-dragón. En el momento en que fue enviada la petición, el rey estaba ocupado conduciendo a su ejército a luchar contra un tigre. El tigre había matado a un granjero, para luego desaparecer en la jungla. Por los campos cundió el temor de que el tigre pudiese salir y atacar nuevamente. El rey hizo rodear la jungla y ordenó a sus tropas que se abrieran paso a través del follaje. Al término de la campaña, el rey anunció que los 163 tigres de la jungla, incluyendo supuestamente al tigre asesino, habían sido cazados. Con el alboroto de la guerra, sin embargo, la petición se había extraviado o había sido olvidada.
Los solicitantes enviaron entonces una nueva petición. Esta vez recibieron respuesta de uno de los secretarios reales, diciendo que el rey consideraría su solicitud una vez que finalizara la revisión del presupuesto anual para la administración del dragón. El presupuesto de ese año era el mayor hasta esa fecha, e incluía la financiación de una nueva vía férrea hasta la montaña. Se consideraba necesario contar con una nueva vía férrea, pues con el aumento del tráfico la vía existente ya no daba abasto (el tributo exigido por el dragón tirano había aumentado a cien mil seres humanos, que debían ser entregados al pie de la montaña al caer la tarde). Sin embargo, cuando el presupuesto fue finalmente aprobado, llegaron noticias de una plaga de serpientes que infestaban una remota aldea. El rey tuvo que partir con urgencia para movilizar su ejército y cabalgar al encuentro de esta nueva amenaza. La petición de los antidragonistas quedó archivada en algún estante polvoriento del sótano del castillo.
Los antidragonistas se reunieron nuevamente para decidir qué hacer. El debate fue animado, y se prolongó hasta bien entrada la noche. Era casi el amanecer cuando finalmente resolvieron llevar el asunto ante el pueblo. Durante las semanas siguientes viajaron por todo el país, dieron conferencias públicas, y explicaron su propuesta a todo aquel que quisiera escuchar. Al comienzo las personas se mostraban escépticas. Les habían enseñado en la escuela que el dragón tirano era invencible, y que los sacrificios que exigía debían ser aceptados como parte de la vida. Pero cuando se enteraron del nuevo material compuesto y de los diseños del proyectil, los ciudadanos se precipitaron en masa a las conferencias antidragonistas. Algunos activistas comenzaron a organizar manifestaciones públicas para apoyar la propuesta.
Resistencias al cambio
Cuando el rey, a través de los periódicos, se informó de estas reuniones, convocó a sus consejeros y les pidió su opinión al respecto. Le informaron acerca de las peticiones enviadas, pero le dijeron que los antidragonistas eran unos revoltosos cuyas enseñanzas instigaban a la sublevación. Era mucho mejor para el orden público, decían, que la gente aceptase la inevitabilidad del tributo al dragón tirano. La administración del dragón era fuente de muchos empleos, que se perderían si el dragón era ultimado. No cabía esperar beneficio social alguno de la conquista del dragón. Como fuere, las arcas reales estaban casi vacías tras dos años de campañas militares, y por los fondos destinados a la segunda vía férrea. El rey, que en ese momento gozaba de gran popularidad por haber domeñado la plaga de serpientes, escuchó los argumentos de sus consejeros, pero le preocupaba perder parte del apoyo popular si ignoraba ostensiblemente la petición de los antidragonistas. Decidió entonces convocar a una audiencia pública. Destacados dragonólogos, ministros de Estado y miembros del público interesados, fueron invitados a participar.
La audiencia se llevó a cabo el día más oscuro del año, justo antes de las vacaciones de Navidad, en el salón más grande del castillo real. El salón rebosaba de público, y la gente se apretujaba en los pasillos. Había en el aire un hálito de solemne seriedad normalmente reservada para las cruciales sesiones de tiempos de guerra.
Tras dar a todos la bienvenida, el rey dio la palabra al principal científico del bando antidragonista, una mujer cuyo rostro reflejaba una expresión seria, casi severa. La mujer procedió a explicar en un lenguaje sencillo cómo funcionaría el dispositivo propuesto, y cómo se podría fabricar la cantidad necesaria de material compuesto. Si se contaba con los fondos solicitados, la labor podría llevarse a cabo en unos quince o veinte años. Con fondos mayores podría hacerse quizás en tan sólo doce años. El éxito, sin embargo, no estaba garantizado. Los asistentes seguían con atención sus palabras.
El siguiente en hablar fue el real consejero para la moralidad, un hombre cuya voz resonante llenaba sin esfuerzo el recinto: “Supongamos que esta mujer está en lo correcto por lo que respecta a la ciencia, y que el proyecto es tecnológicamente factible, aunque no me parece que esto haya sido demostrado. Ahora ella quiere que nos deshagamos del dragón. Supuestamente, se considera con el derecho de no ser engullida por el dragón. ¡Vaya testarudez! ¡Vaya petulancia! La finitud de la vida humana es una bendición para todo ser, lo sepa o no. Eliminar al dragón, a primera vista tan conveniente, socavaría nuestra dignidad humana. La dedicación a la empresa de matar al dragón nos apartaría del camino que nos lleva a cumplir las aspiraciones que constituyen la finalidad natural de nuestras vidas, que no es mantenernos vivos, sino vivir en plenitud. Es indigno – sí, indigno – que alguien desee prolongar tanto como le sea posible su vida mediocre, sin ocuparse de la pregunta superior, que es cómo debemos usar la vida. Por eso os digo que es la naturaleza del dragón el devorar seres humanos, y la naturaleza propia de nuestra especie se cumple cabal y noblemente cuando somos devorados…”
El público escuchó respetuosamente al condecorado orador. Tan elocuente fue su discurso que resultaba difícil resistir la sensación de que tras él se celaban profundos pensamientos, aunque nadie pudiese discernir con precisión cuáles eran. Ciertamente, las palabras de tan distinguido asesor del rey debían contener una substancia profunda.
La voz de un niño
Era el turno de un sabio espiritual que gozaba del más amplio respeto, tanto por su bondad y gentileza como por su devoción. Cuando se dirigía al estrado, un niño de entre el público gritó: “¡El dragón es malo!”
Los padres del niño, rojos de vergüenza, comenzaron a acallarlo y reñirlo. Pero el sabio dijo: “Dejad que el niño hable. Es probable que sea más sabio que un viejo tonto como yo.”
Al comienzo el niño estaba demasiado asustado y confundido para moverse siquiera. Pero al ver la sonrisa genuinamente amistosa en el rostro del sabio y su mano extendida, la asió obediente y siguió al sabio hasta el estrado. “Aquí tenemos a un valiente jovencito,” dijo el sabio. “¿Tienes miedo del dragón?”
“Quiero a mi abuelita,” dijo el niño.
“¿El dragón se llevó a tu abuelita?”
“Sí,” respondió el niño mientras las lágrimas se asomaban a sus ojos grandes y asustados. “La abuelita me prometió que me enseñaría a hacer galletas de jengibre para la navidad. Me dijo que haríamos una casita de jengibre y hombrecillos de jengibre que vivirían en ella. Entonces vino esa gente de blanco y se la llevaron al dragón… El dragón es malo y se come a la gente… ¡Quiero a mi abuelita!”
El niño lloraba ahora con tal desconsuelo que el sabio se vio obligado a entregarlo a sus padres.
Muchos otros hablaron esa noche, pero el simple testimonio del niño había pinchado el balón de retórica que los ministros del rey habían intentado inflar. El público apoyaba a los antidragonistas, y al finalizar la audiencia hasta el mismo rey había reconocido la justicia y humanidad de su causa. En sus palabras finales, dijo simplemente: “¡Hagámoslo!”
Cuando la noticia se esparció, las celebraciones estallaron en las calles. Los que habían promovido la causa antidragonista brindaron y bebieron por el futuro de la humanidad.
A la mañana siguiente, mil millones de personas despertaron y se dieron cuenta de que su turno llegaría antes de que el proyectil estuviese listo. Fue el punto de quiebre. Mientras que antes sólo un reducido grupo de visionarios apoyaba activamente la causa antidragonista, ahora se había convertido en la primera prioridad y preocupación de todos. El concepto abstracto de “voluntad colectiva” había adquirido una intensidad y una nitidez casi tangibles. Mediante concentraciones masivas se reunía dinero para el proyecto y se intimaba al rey a aumentar el monto de la financiación estatal. El rey respondió a estos llamados. En su discurso de Año Nuevo, anunció que aprobaría nuevos decretos para incrementar los fondos destinados al proyecto; además, vendería su castillo de veraneo y parte de sus tierras para aportar un considerable donativo personal. “Pienso que esta nación debe comprometerse a alcanzar, antes del fin de esta década, el objetivo de liberar al mundo del flagelo inmemorial del dragón tirano.”
Carrera contra el tiempo
Comenzó así una gran carrera tecnológica contra el tiempo. El concepto de un proyectil antidragón era simple, pero convertirlo en realidad exigía resolver una miríada de problemas técnicos menores, cada uno de los cuales exigía a su vez gastar tiempo en docenas de pasos, algunos de ellos en falso. Se dispararon misiles de prueba que se estrellaban contra el suelo o volaban erráticamente. Un accidente trágico se produjo cuando un misil fuera de control fue a dar contra un hospital, matando a varios pacientes y empleados. Pero el rumbo estaba trazado, y las pruebas continuaron incluso cuando aún se rescataban cuerpos de entre los escombros.
A pesar de contar con financiación casi ilimitada y del trabajo incesante de los técnicos, el plazo establecido por el rey no se pudo cumplir. La década llegó a su fin y el dragón seguía vivo y coleando. Pero los esfuerzos se acercaban a la meta. Un prototipo de misil había sido lanzado exitosamente. La producción del núcleo, fabricado con el costoso material compuesto, concluiría a tiempo para instalarlo en la versión corregida y mejorada del misil. Se programó el lanzamiento para la víspera de Año Nuevo del año siguiente, exactamente al cumplirse doce años de la inauguración oficial del proyecto. Ese año, el regalo de Navidad más vendido fue un calendario que contaba los días faltantes para el Magno Evento, y las ganacias obtenidas se destinaron al proyecto misil.
El rey había sufrido un proceso de transformación personal, y no era ya el que solía ser, frívolo y despreocupado. Ahora pasaba tanto tiempo como le era posible en los laboratorios y en las plantas de producción, estimulando a los trabajadores y alabando su esfuerzo. A veces llevaba un saco de dormir y pasaba la noche en el suelo de un ruidoso taller. Incluso estudiaba e intentaba comprender los aspectos técnicos del trabajo, pero siempre limitándose a entregar apoyo moral y evitando inmiscuirse en asuntos técnicos o administrativos.
Siete días antes del Año Nuevo, la mujer que casi doce años antes había presentado el caso en favor del proyecto, y era ahora su principal ejecutiva, llegó al castillo real y solicitó una audiencia urgente con el rey. Cuando el rey recibió su nota, se excusó con los dignatarios extranjeros que de mala gana había invitado a la cena de Navidad anual, y se dirigió a toda prisa al despacho privado donde lo esperaba la científica. Como era ya habitual, estaba pálida y consumida por las largas horas de trabajo. Esa noche, sin embargo, el rey creyó percibir también un atisbo de alivio y satisfacción en sus ojos.
Dijo ella que el misil estaba preparado, el núcleo instalado, que todo había sido revisado tres veces, que estaban listos para el lanzamiento, y le preguntó al rey si contaban con su venia para proceder. El rey se hundió en el sillón y cerró los ojos, enfrascándose en sus pensamientos. Lanzar el misil esa misma noche, con una semana de anticipación, significaba salvar las vidas de setecientas mil personas. Pero si algo salía mal, si erraban el blanco y el misil se estrellaba contra la montaña, sería un desastre. Habría que comenzar nuevamente a construir un núcleo, y el proyecto se atrasaría unos cuatro años. Se quedó allí sentado, en silencio, durante casi una hora. Finalmente, cuando ya la científica creía que se había quedado dormido, abrió los ojos y dijo con voz firme: “No. Regrese usted al laboratorio. Quiero que revise y vuelva a revisar todo de nuevo.” La científica no pudo contener un suspiro; pero asintió y se marchó.
El último plazo
El último día del año estaba frío y nublado, pero el viento estaba en calma, ofreciendo buenas condiciones para el lanzamiento. El sol se estaba poniendo. Los técnicos pululaban por doquier, haciendo los ajustes finales y revisándolo todo por última vez. El rey y sus más cercanos consejeros observaban desde un tablado cercano a la plataforma de lanzamiento. Más allá, tras una reja, una gran cantidad de público se había reunido para observar el magno evento. Un gran reloj mostraba el tiempo restante: faltaban cincuenta minutos.
Un consejero le dio al rey un golpecito en el hombro para llamar su atención y le señaló la reja. Algo estaba ocurriendo. Al parecer, alguien había saltado la reja y corría hacia el tablado donde se hallaba sentado el rey. Los guardias pronto le dieron alcance, lo esposaron y se lo llevaron preso. El rey volvió a dirigir su atención a la plataforma de lanzamiento y a la montaña en la distancia. Frente a la montaña podía distinguir la silueta oscura del dragón, tumbado sobre un costado, comiendo.
Unos veinte minutos después, el rey se sorprendió al ver al hombre esposado aparecer nuevamente a corta distancia del tablado. Le sangraba la nariz, y lo acompañaban dos guardias. El hombre parecía enloquecido. Cuando divisó al rey, comenzó a gritar a voz en cuello: “¡El último tren! ¡El último tren! ¡Detened el último tren!”
“¿Quién es este joven?” preguntó el rey. “Su rostro me es familiar, pero no logro identificarlo. ¿Qué es lo que quiere? Permítanle que se acerque.”
El joven era un empleado subalterno del ministerio de transportes, y la razón de su frenesí era que se había enterado de que su padre iba en el útimo tren a la montaña. El rey había ordenado que el tráfico de trenes continuara normalmente, temiendo que cualquier alteración pudiera hacer que el dragón abandonara el campo abierto frente a la montaña donde pasaba la mayor parte del tiempo. El joven imploró al rey que emitiese una orden de regreso para el último tren, que debía llegar al terminal de la montaña cinco minutos antes de la hora señalada.
“No puedo hacerlo,” dijo el rey. “No puedo correr ese riesgo.”
“Pero los trenes a menudo se atrasan cinco minutos. El dragón no se dará cuenta. ¡Os lo suplico!”
El joven se hallaba arrodillado ante el rey, implorándole que salvara la vida de su padre y de los otros mil pasajeros a bordo del último tren.
El rey dirigió su mirada hacia abajo, y vio el rostro suplicante y ensangrentado del joven. Pero se mordió los labios y sacudió la cabeza. El joven continuó suplicando cuando los guardias se lo llevaron del tablado: “¡Os lo ruego! ¡Detened el último tren! ¡Os lo suplico!”
El rey se quedó callado e inmóvil hasta que, al cabo de un rato, los gritos cesaron. El rey miró hacia arriba y dio un vistazo al reloj de la cuenta regresiva: quedaban cinco minutos.
Cuatro minutos. Tres minutos. Dos minutos.
El útimo de los técnicos abandonó la plataforma. Treinta segundos. Veinte segundos. Diez, nueve, ocho…
Fin de la tiranía
Mientras una bola de fuego envolvía la plataforma y el misil salía disparado, los espectadores instintivamente se alzaron en punta de pies; todos los ojos estaban fijos en la blanca llamarada que brotaba de los motores del misil que se dirigía a la montaña lejana. Las masas, el rey, los ricos y los pobres, los jóvenes y los viejos, era como si en ese momento compartieran una sola conciencia, una misma experiencia: esa llamarada blanca que cruzaba las tinieblas, símbolo del espíritu humano, de sus temores y esperanzas… incrustándose en el corazón del mal. La silueta en el horizonte se tambaleó y cayó. Mil voces jubilosas se alzaron de las masas congregadas, y a ellas se unió pocos segundos más tarde el ensordecedor y prolongado estampido del monstruo al caer al suelo, como si la misma Tierra diese un suspiro de alivio. Tras siglos de opresión, la humanidad estaba libre al fin de la cruel tiranía del dragón.
El grito de júbilo dio paso a un himno de alabanza: “¡Larga vida al rey! ¡Larga vida a todos nosotros!” Los consejeros del rey, como todos esa noche, festejaban con alegría infantil; se abrazaban y felicitaban al rey: “¡Lo logramos!¡Lo logramos!”
Pero el rey respondió con voz entrecortada: “Sí, lo logramos, hoy hemos acabado con el dragón. Pero, maldita sea, ¿por qué comenzamos tan tarde? Pudimos haberlo hecho cinco, quizás diez años antes. Millones de personas pudieron haberse salvado.”
El rey descendió del tablado y se acercó al joven esposado, que se hallaba sentado en el suelo. Al llegar cayó de rodillas. “¡Perdóname! ¡Oh Dios mío, perdóname!”
Gruesas gotas de lluvia comenzaron a caer, tornando el suelo en fango, empapando la capa púrpura del rey, y lavando el rostro ensangrentado del joven. “Lo siento tanto por tu padre,” dijo el rey.
Volver a empezar
“No es vuestra culpa,” replicó el joven. “¿Os acordáis, hace doce años, en el castillo? Aquel niño que lloraba y os pedía que le regresárais a su abuela – ése era yo. No podía saber entonces que no teníais posibilidad alguna de cumplir mi deseo. Hoy os he pedido que salvárais a mi padre, aunque era imposible hacerlo sin poner en peligro el lanzamiento. Pero habéis salvado mi vida, la de mi madre y la de mi hermana. ¿Cómo podré agradecéroslo?”
“Escúchalos,” dijo el rey, indicando con un ademán a la muchedumbre. “Me ovacionan por lo ocurrido esta noche. Pero el héroe eres tú. Tú lanzaste el grito. Tú nos uniste contra el mal.” El rey hizo señas a un guardia para que le soltara las esposas. “Ve ahora con tu madre y tu hermana. Tú y tu familia seréis siempre bienvenidos en la corte, y cualquier cosa que desees, si está en mi poder, te será concedida.”
El joven se marchó y el séquito del rey, apiñado bajo la lluvia, rodeó al monarca que seguía arrodillado en el fango. Entre las ropas elegantes, cada vez más estropeadas por la lluvia, se distinguían rostros empolvados que expresaban una mezcla de júbilo, alivio y azoramiento. Tantas cosas habían cambiado en una sola hora: se había reconquistado el derecho a un futuro sin limitaciones, se había extinguido un temor primordial, y se habían desbaratado muchas certezas inconmovibles. Sin saber qué se esperaba de ellos en esta nueva situación, se quedaron tentativamente en su lugar, como probando si la tierra seguiría sosteniéndolos, intercambiándose miradas y esperando algún tipo de señal.
Finalmente, el rey se incorporó y se limpió las manos en los costados de sus pantalones.
“Majestad, ¿qué hacemos ahora?” se atrevió a preguntar el cortesano de mayor rango.
“Queridos amigos,” dijo el rey, “hemos recorrido un largo camino… y sin embargo nuestro viaje recién comienza. Nuestra especie lleva poco tiempo en este planeta. Hoy hemos vuelto a ser como niños. El futuro se extiende ilimitado ante nosotros. Marcharemos hacia ese futuro e intentaremos hacer las cosas mejor que en el pasado. Ahora tenemos tiempo: tiempo para hacer bien las cosas, tiempo para crecer, tiempo para aprender de nuestros errores, tiempo para el largo proceso de construir un mundo mejor, y tiempo para asentarnos en él. Que todas las campanas del reino repiquen hasta la medianoche, en conmemoración de nuestros ancestros muertos, y después de la medianoche celebraremos hasta el amanecer. Y en los días siguientes… ¡creo que habrá algunas cosas que reorganizar!”
Mientras una bola de fuego envolvía la plataforma y el misil salía disparado, los espectadores instintivamente se alzaron en punta de pies; todos los ojos estaban fijos en la blanca llamarada que brotaba de los motores del misil que se dirigía a la montaña lejana. Las masas, el rey, los ricos y los pobres, los jóvenes y los viejos, era como si en ese momento compartieran una sola conciencia, una misma experiencia: esa llamarada blanca que cruzaba las tinieblas, símbolo del espíritu humano, de sus temores y esperanzas… incrustándose en el corazón del mal. La silueta en el horizonte se tambaleó y cayó. Mil voces jubilosas se alzaron de las masas congregadas, y a ellas se unió pocos segundos más tarde el ensordecedor y prolongado estampido del monstruo al caer al suelo, como si la misma Tierra diese un suspiro de alivio. Tras siglos de opresión, la humanidad estaba libre al fin de la cruel tiranía del dragón.
El grito de júbilo dio paso a un himno de alabanza: “¡Larga vida al rey! ¡Larga vida a todos nosotros!” Los consejeros del rey, como todos esa noche, festejaban con alegría infantil; se abrazaban y felicitaban al rey: “¡Lo logramos!¡Lo logramos!”
Pero el rey respondió con voz entrecortada: “Sí, lo logramos, hoy hemos acabado con el dragón. Pero, maldita sea, ¿por qué comenzamos tan tarde? Pudimos haberlo hecho cinco, quizás diez años antes. Millones de personas pudieron haberse salvado.”
El rey descendió del tablado y se acercó al joven esposado, que se hallaba sentado en el suelo. Al llegar cayó de rodillas. “¡Perdóname! ¡Oh Dios mío, perdóname!”
Gruesas gotas de lluvia comenzaron a caer, tornando el suelo en fango, empapando la capa púrpura del rey, y lavando el rostro ensangrentado del joven. “Lo siento tanto por tu padre,” dijo el rey.
Volver a empezar
“No es vuestra culpa,” replicó el joven. “¿Os acordáis, hace doce años, en el castillo? Aquel niño que lloraba y os pedía que le regresárais a su abuela – ése era yo. No podía saber entonces que no teníais posibilidad alguna de cumplir mi deseo. Hoy os he pedido que salvárais a mi padre, aunque era imposible hacerlo sin poner en peligro el lanzamiento. Pero habéis salvado mi vida, la de mi madre y la de mi hermana. ¿Cómo podré agradecéroslo?”
“Escúchalos,” dijo el rey, indicando con un ademán a la muchedumbre. “Me ovacionan por lo ocurrido esta noche. Pero el héroe eres tú. Tú lanzaste el grito. Tú nos uniste contra el mal.” El rey hizo señas a un guardia para que le soltara las esposas. “Ve ahora con tu madre y tu hermana. Tú y tu familia seréis siempre bienvenidos en la corte, y cualquier cosa que desees, si está en mi poder, te será concedida.”
El joven se marchó y el séquito del rey, apiñado bajo la lluvia, rodeó al monarca que seguía arrodillado en el fango. Entre las ropas elegantes, cada vez más estropeadas por la lluvia, se distinguían rostros empolvados que expresaban una mezcla de júbilo, alivio y azoramiento. Tantas cosas habían cambiado en una sola hora: se había reconquistado el derecho a un futuro sin limitaciones, se había extinguido un temor primordial, y se habían desbaratado muchas certezas inconmovibles. Sin saber qué se esperaba de ellos en esta nueva situación, se quedaron tentativamente en su lugar, como probando si la tierra seguiría sosteniéndolos, intercambiándose miradas y esperando algún tipo de señal.
Finalmente, el rey se incorporó y se limpió las manos en los costados de sus pantalones.
“Majestad, ¿qué hacemos ahora?” se atrevió a preguntar el cortesano de mayor rango.
“Queridos amigos,” dijo el rey, “hemos recorrido un largo camino… y sin embargo nuestro viaje recién comienza. Nuestra especie lleva poco tiempo en este planeta. Hoy hemos vuelto a ser como niños. El futuro se extiende ilimitado ante nosotros. Marcharemos hacia ese futuro e intentaremos hacer las cosas mejor que en el pasado. Ahora tenemos tiempo: tiempo para hacer bien las cosas, tiempo para crecer, tiempo para aprender de nuestros errores, tiempo para el largo proceso de construir un mundo mejor, y tiempo para asentarnos en él. Que todas las campanas del reino repiquen hasta la medianoche, en conmemoración de nuestros ancestros muertos, y después de la medianoche celebraremos hasta el amanecer. Y en los días siguientes… ¡creo que habrá algunas cosas que reorganizar!”
Tomado de www.tendencias21.net
sábado, 4 de octubre de 2014
¿La inmortalidad puede dejar de ser una fantasía?
Me he hecho esa pregunta muchas veces. Desde muy niño le he visto de frente la cara a la muerte varias veces. En la cama de un hospital peleando por sobrevivir al embate de una enfermedad desconocida, frente a un auto corriendo sin control a punto de atropellarme, en el puñal de un desconocido deseoso de atracarme o tal vez solo de asustarme... en fin. Han sido muchas ocasiones y en todas ellas, después de sobreponerme al temor natural de la muerte, el siguiente sentimiento que siempre me asaltó fue la ira. La rabia incontenible que naturalmente siente alguien que se ve tan inferior ante un monstruo tan infinitamente poderoso y sádico como la muerte.
Con el tiempo, me fui dando cuenta de que no soy el único que se ha pasado la vida peleando esa desigual guerra, que dicho sea de paso, es imposible de ganar (y digo que es imposible de ganar porque al final, hagas lo que hagas, terminarás cayendo de rodillas ante ese ser cuasi-omnipotente y despiadado que se comerá todo de ti hasta no dejar nada), la humanidad entera se la ha pasado tratando de sobrevivir ante cada uno de sus coletazos.
Desde el mismo momento en que un bebé llega al mundo, la muerte está allí, esperando el más mínimo descuido para arrancar de este mundo la felicidad de su llegada, respirando con su horrible y gélido aliento en la nuca de cada uno de los implicados en el nacimiento, expectante, saboreando en su imaginación el placer de arrancarle la vida a cualquiera que cometa el más mínimo error, con saliva escurriendo de las comisuras y frotando sus huesudas manos al olfatear el aroma de la vida fresca que tanto le gusta triturar con sus colmillos.
La historia de la humanidad podría resumirse como el doloroso intento de una raza entera por no ser borrada de la faz de su planeta por esa horrible criatura. En ese sufrido esfuerzo, los bebés son rellenados con vacunas desde el mismo momento que llegan aquí, una de las muchas armas a las que el ser humano ha tenido que recurrir para poder ganar más batallas, para poder alargar su existencia. La religión, la brujería, la alquimia, la filosofía, la ciencia, la medicina, la economía y toda clase de cosas ha hecho el hombre para tratar de ganar... otro día.
No obstante, siempre cada uno había estado seguro de una cosa que ya mencioné: de que ganará batallas, pero no la guerra. Cada hombre sabe, que podría sobrevivir a enfermedades hoy, pero que otras lo matarán mañana, de que podría armarse de toda clase de artimañas y trucos, jugadas y recursos, pero al final, la muerte ganará la partida. Cada vez que obtenemos nuevas armas contra el monstruo, este solo se ríe de nuestros desesperados intentos por sobrevivir, confiado en que su poder definitivo, el envejecimiento, terminará por darle la victoria. Bueno, hasta ahora siempre había sido así.
Pero la humanidad nunca ha sido un rival que se rinda fácilmente, así que aún tiene un As bajo la manga que le puede salvar la partida en el largo plazo: la ciencia. El arma definitiva de la parca, el envejecimiento, poco a poco deja de ser un inescrutable y oscuro laberinto sin salida. Paso a paso la humanidad empieza a desentrañar sus secretos y hay cuatro posibles puntos débiles en la hoz más afilada de la segadora:
Así que hay una luz. Tal vez no hoy, tal vez no mañana, pero si la humanidad persiste, podrían quedar atrás los días en que una persona se pudre en vida, degradándose lenta y tortuosamente hasta morir de la forma más humillante posible: perdiendo toda su individualidad y capacidades de manera progresiva hasta perder todo lo que obtuvo en su vida, desde fuerza e independencia hasta inteligencia y sabiduría.
Más o menos así me imagino nuestra pelea contra la muerte... la cosa no pinta muy bien para nosotros.
Con el tiempo, me fui dando cuenta de que no soy el único que se ha pasado la vida peleando esa desigual guerra, que dicho sea de paso, es imposible de ganar (y digo que es imposible de ganar porque al final, hagas lo que hagas, terminarás cayendo de rodillas ante ese ser cuasi-omnipotente y despiadado que se comerá todo de ti hasta no dejar nada), la humanidad entera se la ha pasado tratando de sobrevivir ante cada uno de sus coletazos.
No, no había necesidad de poner esta foto, pero... ¡eso es un cosplay bien hecho!
Desde el mismo momento en que un bebé llega al mundo, la muerte está allí, esperando el más mínimo descuido para arrancar de este mundo la felicidad de su llegada, respirando con su horrible y gélido aliento en la nuca de cada uno de los implicados en el nacimiento, expectante, saboreando en su imaginación el placer de arrancarle la vida a cualquiera que cometa el más mínimo error, con saliva escurriendo de las comisuras y frotando sus huesudas manos al olfatear el aroma de la vida fresca que tanto le gusta triturar con sus colmillos.
La historia de la humanidad podría resumirse como el doloroso intento de una raza entera por no ser borrada de la faz de su planeta por esa horrible criatura. En ese sufrido esfuerzo, los bebés son rellenados con vacunas desde el mismo momento que llegan aquí, una de las muchas armas a las que el ser humano ha tenido que recurrir para poder ganar más batallas, para poder alargar su existencia. La religión, la brujería, la alquimia, la filosofía, la ciencia, la medicina, la economía y toda clase de cosas ha hecho el hombre para tratar de ganar... otro día.
No obstante, siempre cada uno había estado seguro de una cosa que ya mencioné: de que ganará batallas, pero no la guerra. Cada hombre sabe, que podría sobrevivir a enfermedades hoy, pero que otras lo matarán mañana, de que podría armarse de toda clase de artimañas y trucos, jugadas y recursos, pero al final, la muerte ganará la partida. Cada vez que obtenemos nuevas armas contra el monstruo, este solo se ríe de nuestros desesperados intentos por sobrevivir, confiado en que su poder definitivo, el envejecimiento, terminará por darle la victoria. Bueno, hasta ahora siempre había sido así.
Pero la humanidad nunca ha sido un rival que se rinda fácilmente, así que aún tiene un As bajo la manga que le puede salvar la partida en el largo plazo: la ciencia. El arma definitiva de la parca, el envejecimiento, poco a poco deja de ser un inescrutable y oscuro laberinto sin salida. Paso a paso la humanidad empieza a desentrañar sus secretos y hay cuatro posibles puntos débiles en la hoz más afilada de la segadora:
- Radicales libres.
- Las sustancias acumuladas producto del metabolismo y los procesos biológicos.
- Las glándulas endocrinas.
- La genética
Los dedos del feto se forman porque las células embrionarias que están entre ellos se suicidan voluntariamente en un proceso llamado Apoptosis. Lo que ejemplifica una muerte previamente programada. La vejez también parece estar programada.
Así que hay una luz. Tal vez no hoy, tal vez no mañana, pero si la humanidad persiste, podrían quedar atrás los días en que una persona se pudre en vida, degradándose lenta y tortuosamente hasta morir de la forma más humillante posible: perdiendo toda su individualidad y capacidades de manera progresiva hasta perder todo lo que obtuvo en su vida, desde fuerza e independencia hasta inteligencia y sabiduría.
Esta es la forma en que las células enfermas son detectadas por las "Natural Killers" (células defensivas que buscan constantemente células enfermas para inducirlas al suicidio) y se suicidan al recibir su señal.
Pero ese es solo el primer paso. Una vez que la victoria deja de estar asegurada para el monstruo huesudo, debemos dedicarnos a reducir sus probabilidades de alcanzarla. Después de esa primera conquista para ganar tiempo, hay que dar el siguiente paso: abandonar la fragilidad del carbono.
Pero al hacerlo, surgen muchas dudas, entre ellas:
Nuestro cerebro funciona como un computador superpotente, así las cosas, no es disparatado pensar en trasvasar la información que hay en él a un hardware más... robusto y adaptable que el que traemos "de fábrica".
- ¿cuál puede ser ese nuevo hardware?
- si las emociones, parte integral de nuestra personalidad e individualidad, están estrechamente relacionadas con la forma en que nuestro cuerpo de carbono reacciona e interactúa con nuestro software, al abandonarlo, ¿no estaríamos perdiendo gran parte de lo que somos?
- ¿No destruiríamos totalmente el equilibrio natural al usar un tipo distinto de cuerpo?
Aún no hay respuestas ciertas a esos interrogantes, pero, como diría Alex Murphy:
"Tranquila, Lewis, solo somos humanos" (Robocop 2, película de Irvin Kershner, 1990).
miércoles, 28 de diciembre de 2011
Por aquellos que nunca tienen certeza de la próxima navidad...
En estos tiempos que corren, cuando la gente ve con cada vez más desagrado, desconfianza y hasta odio a cualquier cosa que les recuerde a los cuerpos de gobierno, he escuchado cientos de voces en contra de los ejercitos, mejor dicho, en contra de los soldados.
Fuente: http://www.elnuevodiario.com.ni/politica/110882
En Colombia, la cosa es aún más grave con fenómenos como los falsos positivos y quienes afirman que los soldados son elementos no solo inútiles para la sociedad, sino también nocivos, parecen encontrar apoyo a sus afirmaciones en las noticias del día a día.
Pero hay cosas que no piensan quienes detestan, muchas veces de forma irracional, a los miembros de las Fuerzas Armadas y/o de Policía de su Nación. Como que, por ejemplo, son esas mismas personas a las que dicen repudiar, las que permiten que disfruten, entre otras cosas, de la libertad con que lo hacen, las mismas que garantizan (en la medida de sus posibilidades), que los negocios donde compran sus cosas puedan funcionar con un mínimo de tranquilidad, que las empresas donde trabajan no tengan que contratar ejercitos de guardaespaldas para cuidar de sus bienes y personas, etc.
Alguien dijo una vez: "los protestantes odian a la poli, hasta que tienen que marcar el 911". Y le doy la razón. Muchas veces quienes afirman odiar acérrimamente a los cuerpos armados de su país, son los primeros en acudir a ellos en situaciones donde sus propios medios son insuficientes para salir bien librados, como secuestros, extorsiones, desastres naturales y otros casos en los que suelen ser los civiles la principal causa de sufrimiento de los mismos civiles.
Fuente: http://www.distritalbrown.com.ar/img/jefatura/gestion_copba.jpg
Pero no son solamente esos los casos en que el acudir a las Fuerzas Armadas se convierte en una tabla de salvación para quienes las atacan tanto con sus argumentos (o aún sin ellos). Nunca faltarán los dirigentes políticos (civiles en su mayoría), sin escrúpulos que inventen cualquier excusa (o decidan que no la necesitan) para atacar naciones que posean algo que ellos quieren con el fin último de arrebatárselo. Ya sea por algún recurso natural o tecnológico, por motivos raciales, territoriales, xenofóbicos o religiosos, siempre existirán naciones que atacarán a otras, irrespetando el derecho a la vida y la dignidad que poseen los ciudadanos de los países que agreden. Cuando eso sucede y las vías diplomáticas se acaban, son los soldados, esos mismos que algunos de sus compatriotas tanto vituperaron, los que terminan hasta sacrificando sus propias vidas por personas que, apesar de que nunca los conocieron realmente, les increparon incesamente.
En realidad, lo que sucede es que con los soldados y policías sucede algo que Niccoló di Bernardo dei Maciavelli (conocido en América Latina y España como Nicolás Maquiavelo) escribió con mucha antelación en su obra Del Arte de la Guerra: "Nunca se considerará bien a quien ejerza una función que, para ser provechosa, le obligue a ser rapaz, fraudulento, violento, y a tener muchas otras cualidades que forzosamente lo hagan malo".
Aunque la rapacidad, fraudulencia y violencia que se exigen hoy de un soldado son distintas de las que se exigía de él en los tiempos de Niccoló, muchos civiles siguen la tendencia a odiarlo de aquellos tiempos, porque además no comprenden la magnitud de la tarea que un soldado, policía o semejante, lleva a cabo. En ese mismo libro, este autor afirma:
"El mejor de los regímenes, sin la defensa militar, correría la misma suerte que las estancias de un soberbio y real palacio que, aun resplandecientes de oro y lujos, carecieran de techo y no tuvieran cómo resguardarse de la lluvia".
Y no hay mejor forma de describir una de las más importantes funciones de las Fuerzas Armadas: permitir, con la disuasión por la amenaza del uso de fuerza (la misma que a veces es el único recurso que obedecen ciertos seres humanos, en especial aquellos que son nocivos para cualquier sociedad), entre otros recursos, la estabilidad de las comunidades.
Y esa, es una labor que es tan necesaria, como sacrificada. Porque el médico salva vidas, pero sin arriesgar en gran medida la suya, mientras el soldado, que aunque muchas veces se ve obligado a segarlas, las protege aun a costa de la propia.
Tal vez algún día (creo yo, que muy, muy lejano), la gente obedezca las leyes sin que sea necesario amenazarlos, los países no atacarán a sus vecinos respetando su soberanía y dignidad y los desastres naturales sean tan evitables como lo es hoy el Sarampión en los países desarrollados; pero hasta que ese día no llegue, siempre se necesitarán héroes que estén dispuestos hasta a matar y perder sus vidas para que otros puedan vivirlas en paz, esos mismos héroes que nunca tienen certeza... de la próxima navidad.
Fuente: http://www.elnuevodiario.com.ni/politica/110882
En Colombia, la cosa es aún más grave con fenómenos como los falsos positivos y quienes afirman que los soldados son elementos no solo inútiles para la sociedad, sino también nocivos, parecen encontrar apoyo a sus afirmaciones en las noticias del día a día.
Pero hay cosas que no piensan quienes detestan, muchas veces de forma irracional, a los miembros de las Fuerzas Armadas y/o de Policía de su Nación. Como que, por ejemplo, son esas mismas personas a las que dicen repudiar, las que permiten que disfruten, entre otras cosas, de la libertad con que lo hacen, las mismas que garantizan (en la medida de sus posibilidades), que los negocios donde compran sus cosas puedan funcionar con un mínimo de tranquilidad, que las empresas donde trabajan no tengan que contratar ejercitos de guardaespaldas para cuidar de sus bienes y personas, etc.
Alguien dijo una vez: "los protestantes odian a la poli, hasta que tienen que marcar el 911". Y le doy la razón. Muchas veces quienes afirman odiar acérrimamente a los cuerpos armados de su país, son los primeros en acudir a ellos en situaciones donde sus propios medios son insuficientes para salir bien librados, como secuestros, extorsiones, desastres naturales y otros casos en los que suelen ser los civiles la principal causa de sufrimiento de los mismos civiles.
Fuente: http://www.distritalbrown.com.ar/img/jefatura/gestion_copba.jpg
Pero no son solamente esos los casos en que el acudir a las Fuerzas Armadas se convierte en una tabla de salvación para quienes las atacan tanto con sus argumentos (o aún sin ellos). Nunca faltarán los dirigentes políticos (civiles en su mayoría), sin escrúpulos que inventen cualquier excusa (o decidan que no la necesitan) para atacar naciones que posean algo que ellos quieren con el fin último de arrebatárselo. Ya sea por algún recurso natural o tecnológico, por motivos raciales, territoriales, xenofóbicos o religiosos, siempre existirán naciones que atacarán a otras, irrespetando el derecho a la vida y la dignidad que poseen los ciudadanos de los países que agreden. Cuando eso sucede y las vías diplomáticas se acaban, son los soldados, esos mismos que algunos de sus compatriotas tanto vituperaron, los que terminan hasta sacrificando sus propias vidas por personas que, apesar de que nunca los conocieron realmente, les increparon incesamente.
En realidad, lo que sucede es que con los soldados y policías sucede algo que Niccoló di Bernardo dei Maciavelli (conocido en América Latina y España como Nicolás Maquiavelo) escribió con mucha antelación en su obra Del Arte de la Guerra: "Nunca se considerará bien a quien ejerza una función que, para ser provechosa, le obligue a ser rapaz, fraudulento, violento, y a tener muchas otras cualidades que forzosamente lo hagan malo".
Aunque la rapacidad, fraudulencia y violencia que se exigen hoy de un soldado son distintas de las que se exigía de él en los tiempos de Niccoló, muchos civiles siguen la tendencia a odiarlo de aquellos tiempos, porque además no comprenden la magnitud de la tarea que un soldado, policía o semejante, lleva a cabo. En ese mismo libro, este autor afirma:
"El mejor de los regímenes, sin la defensa militar, correría la misma suerte que las estancias de un soberbio y real palacio que, aun resplandecientes de oro y lujos, carecieran de techo y no tuvieran cómo resguardarse de la lluvia".
Y no hay mejor forma de describir una de las más importantes funciones de las Fuerzas Armadas: permitir, con la disuasión por la amenaza del uso de fuerza (la misma que a veces es el único recurso que obedecen ciertos seres humanos, en especial aquellos que son nocivos para cualquier sociedad), entre otros recursos, la estabilidad de las comunidades.
Y esa, es una labor que es tan necesaria, como sacrificada. Porque el médico salva vidas, pero sin arriesgar en gran medida la suya, mientras el soldado, que aunque muchas veces se ve obligado a segarlas, las protege aun a costa de la propia.
Tal vez algún día (creo yo, que muy, muy lejano), la gente obedezca las leyes sin que sea necesario amenazarlos, los países no atacarán a sus vecinos respetando su soberanía y dignidad y los desastres naturales sean tan evitables como lo es hoy el Sarampión en los países desarrollados; pero hasta que ese día no llegue, siempre se necesitarán héroes que estén dispuestos hasta a matar y perder sus vidas para que otros puedan vivirlas en paz, esos mismos héroes que nunca tienen certeza... de la próxima navidad.
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