sábado, 4 de octubre de 2014

¿La inmortalidad puede dejar de ser una fantasía?

Me he hecho esa pregunta muchas veces.  Desde muy niño le he visto de frente la cara a la muerte varias veces.  En la cama de un hospital peleando por sobrevivir al embate de una enfermedad desconocida, frente a un auto corriendo sin control a punto de atropellarme, en el puñal de un desconocido deseoso de atracarme o tal vez solo de asustarme... en fin.  Han sido muchas ocasiones y en todas ellas, después de sobreponerme al temor natural de la muerte, el siguiente sentimiento que siempre me asaltó fue la ira.  La rabia incontenible que naturalmente siente alguien que se ve tan inferior ante un monstruo tan infinitamente poderoso y sádico como la muerte.

Más o menos así me imagino nuestra pelea contra la muerte... la cosa no pinta muy bien para nosotros.

Con el tiempo, me fui dando cuenta de que no soy el único que se ha pasado la vida peleando esa desigual guerra, que dicho sea de paso, es imposible de ganar (y digo que es imposible de ganar porque al final, hagas lo que hagas, terminarás cayendo de rodillas ante ese ser cuasi-omnipotente y despiadado que se comerá todo de ti hasta no dejar nada), la humanidad entera se la ha pasado tratando de sobrevivir ante cada uno de sus coletazos.

No, no había necesidad de poner esta foto, pero... ¡eso es un cosplay bien hecho!

Desde el mismo momento en que un bebé llega al mundo, la muerte está allí, esperando el más mínimo descuido para arrancar de este mundo la felicidad de su llegada, respirando con su horrible y gélido aliento en la nuca de cada uno de los implicados en el nacimiento, expectante, saboreando en su imaginación el placer de arrancarle la vida a cualquiera que cometa el más mínimo error, con saliva escurriendo de las comisuras y frotando sus huesudas manos al olfatear el aroma de la vida fresca que tanto le gusta triturar con sus colmillos.

La historia de la humanidad podría resumirse como el doloroso intento de una raza entera por no ser borrada de la faz de su planeta por esa horrible criatura.  En ese sufrido esfuerzo, los bebés son rellenados con vacunas desde el mismo momento que llegan aquí, una de las muchas armas a las que el ser humano ha tenido que recurrir para poder ganar más batallas, para poder alargar su existencia.  La religión, la brujería, la alquimia, la filosofía, la ciencia, la medicina, la economía y toda clase de cosas ha hecho el hombre para tratar de ganar... otro día.

No obstante, siempre cada uno había estado seguro de una cosa que ya mencioné: de que ganará batallas, pero no la guerra.  Cada hombre sabe, que podría sobrevivir a enfermedades hoy, pero que otras lo matarán mañana, de que podría armarse de toda clase de artimañas y trucos, jugadas y recursos, pero al final, la muerte ganará la partida. Cada vez que obtenemos nuevas armas contra el monstruo, este solo se ríe de nuestros desesperados intentos por sobrevivir, confiado en que su poder definitivo, el envejecimiento, terminará por darle la victoria. Bueno, hasta ahora siempre había sido así.

Pero la humanidad nunca ha sido un rival que se rinda fácilmente, así que aún tiene un As bajo la manga que le puede salvar la partida en el largo plazo: la ciencia. El arma definitiva de la parca, el envejecimiento, poco a poco deja de ser un inescrutable y oscuro laberinto sin salida. Paso a paso la humanidad empieza a desentrañar sus secretos y hay cuatro posibles puntos débiles en la hoz más afilada de la segadora:
  1. Radicales libres.
  2. Las sustancias acumuladas producto del metabolismo y los procesos biológicos.
  3. Las glándulas endocrinas.
  4. La genética
De todos esos posibles puntos débiles, el que parece más esencial es el último. Todo parece indicar que la muerte por envejecimiento es, básicamente,  una rutina programada en nuestro ADN. Lo que implica otra cosa: esa que es la ganadora absoluta en la batalla que libramos por nuestra supervivencia diaria, tendría un talón de Aquiles: si está programada como una rutina genética, al menos en teoría, podríamos reescribirla.

Los dedos del feto se forman porque las células embrionarias que están entre ellos se suicidan voluntariamente en un proceso llamado Apoptosis. Lo que ejemplifica una muerte previamente programada. La vejez también parece estar programada.

Así que hay una luz. Tal vez no hoy, tal vez no mañana, pero si la humanidad persiste, podrían quedar atrás los días en que una persona se pudre en vida, degradándose lenta y tortuosamente hasta morir de la forma más humillante posible: perdiendo toda su individualidad y capacidades de manera progresiva hasta perder todo lo que obtuvo en su vida, desde fuerza e independencia hasta inteligencia y sabiduría.

Esta es la forma en que las células enfermas son detectadas por las "Natural Killers" (células defensivas que buscan constantemente células enfermas para inducirlas al suicidio) y se suicidan al recibir su señal.

Pero ese es solo el primer paso. Una vez que la victoria deja de estar asegurada para el monstruo huesudo, debemos dedicarnos a reducir sus probabilidades de alcanzarla. Después de esa primera conquista para ganar tiempo, hay que dar el siguiente paso: abandonar la fragilidad del carbono.

Nuestro cerebro funciona como un computador superpotente, así las cosas, no es disparatado pensar en trasvasar la información que hay en él a un hardware más... robusto y adaptable que el que traemos "de fábrica".

Pero al hacerlo, surgen muchas dudas, entre ellas:

  • ¿cuál puede ser ese nuevo hardware?
  • si las emociones, parte integral de nuestra personalidad e individualidad, están estrechamente relacionadas con la forma en que nuestro cuerpo de carbono reacciona e interactúa con nuestro software, al abandonarlo, ¿no estaríamos perdiendo gran parte de lo que somos?
  • ¿No destruiríamos totalmente el equilibrio natural al usar un tipo distinto de cuerpo?
Aún no hay respuestas ciertas a esos interrogantes, pero, como diría Alex Murphy:

"Tranquila, Lewis, solo somos humanos" (Robocop 2, película de Irvin Kershner, 1990).




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